Entrenar para cambiar lo que sí puedo, y reconocer la diferencia

Tienes que jugar con las cartas que te han tocado. No te servirá de nada lamentarte o quejarte por no ser 10 centímetros más alto. Hay ciertas cosas que no puedes cambiar, y cuanto antes te des cuenta, mejor para ti, porque antes podrás ponerte a entrenar para cambiar lo que sí puedes, empezando por pensar en cómo vas a jugar tus cartas. Pero la clave está precisamente en darte cuenta de que este dilema existe, el dilema entre las cosas que no puedes controlar, y aquellas sobre las que sí tienes margen de actuación.

«Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
coraje para cambiar lo que sí puedo,
y sabiduría para reconocer la diferencia.» (Plegaria de la Serenidad)
-Reinhold Niebuhr

Esta famosa cita, empleada en multitud de ámbitos y asumida por un montón de organizaciones a nivel mundial, condensa buena parte de lo que necesitamos entender para crecer, y para ser felices. Pelearse contra aquello que no puedo cambiar es una pérdida de tiempo y de energía (y más aún si lo único que hacemos es quejarnos), y además nos conduce a la frustración y la infelicidad. Para cambiar hace falta coraje y fortaleza, sobre todo si se trata de cambiarse a uno mismo. Porque mejorar es cambiar, pero para ello necesitas empezar por tener el valor de ser humilde, de reconocer que no sabes, o no eres capaz, «todavía».

Para mi esa es la clave, la humildad. Es el final de la frase el que nos da acceso a las otras dos opciones, la de la felicidad y la del crecimiento: necesito saber qué puedo cambiar y qué no (en este momento). Y ahí residen muchos de nuestros problemas. En cantidad de ocasiones creemos saber perfectamente qué grado de influencia podemos ejercer sobre algo, pero en realidad no lo sabemos. Podemos llegar a pensar que con una protesta, eso sí, mostrándonos muy muy enfadados, vamos a conseguir que fulanito deje de ser tan… Necesito humildad para reconocer que puedo estar equivocado, y que aquello que creía que sí podía cambiar en realidad no es algo que depende de mi (al menos en el porcentaje que yo pensaba), como por ejemplo el resultado de una competición, o los pensamientos y actos de fulanito. Y también necesito humildad para reconocer que hay cosas que daba por fijas e inamovibles y que resulta que sí puedo mejorar.

Quizás piense que yo soy así, impulsivo, despistado, inseguro, agresivo, o lo que sea. Y puede que crea que hay poco que pueda hacer para cambiarlo, que en ciertas situaciones no voy a poder evitar el reaccionar de una forma determinada: «Sí, sé que no debería actuar así, pero no lo puedo evitar, yo soy así». ¿Sería esta la serenidad de la plegaria, para aceptar todo aquello que no puedo cambiar? Bueno, lo sería si no fuese porque ya sabemos que sí podemos hacer algo para intentar cambiar ciertas reacciones automáticas.

No es fácil, lo sé. Precisamente por eso necesitamos fuerza y coraje, para decidir que queremos cambiar, y para hacer todo lo necesario para conseguirlo, exactamente igual que hacemos con cualquier otro tipo de entrenamiento. Pero es la sabiduría la que nos ofrece la posibilidad del cambio: si no llego a darme cuenta de que sí puedo cambiar mi forma de responder ante ciertas circunstancias, de que puedo ir modificando, poco a poco y con esfuerzo, ciertos rasgos de mi mismo, es evidente que no lo haré.

entrenar para cambiar

«No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear» – Jon Kabat-Zinn

A parte de cierta predisposición genética, también demostrada científicamente (la parte que no podemos cambiar), todos esos rasgos y hábitos se han ido formando a lo largo de nuestras vidas. Aprendemos desde que nacemos, o incluso antes, y no dejamos de hacerlo en ningún momento de nuestras vidas. A veces aprendemos cosas útiles y provechosas, y otras no tanto. Pero todo es aprendizaje. Aprendemos de lo que en algún momento nos hizo daño, y aprendemos formas de evitarlo o de enfrentarnos a ello. Aprendemos qué cosas nos resultan agradables, y aprendemos formas y estrategias para conseguirlo, para volver a disfrutar de ellas. Pero el que algunas de esas estrategias funcionasen cuando éramos niños no significa que vayan a funcionar siempre, ni que sean apropiadas si pasamos a considerar o a dar importancia a otros aspectos. Quizás lo que funcionaba con mamá, no sea apropiado cuando empiezo a querer formar parte de un equipo.

Aprender no sólo es ir sumando conocimientos o habilidades, también implica modificar algunos de los que ya tenemos, mejorarlos. Y por qué no, también olvidar. Aprender que algo ya no nos es útil, o que ahora es perjudicial, y abandonarlo: dejar de utilizar esa habilidad o ese conocimiento, y/o sustituirlo por otro.

Si el proceso de aprendizaje fuese como esculpir en piedra, podríamos pensar que poco podemos hacer para modificar aquello que aprendimos o que nos marcó de una forma u otra. Pero la ciencia nos ha demostrado que nuestro cerebro sigue cambiando, y que de hecho hay prácticas que modifican ciertas estructuras neuronales de forma significativa. Es lo que viene a denominarse neuroplasticidad, y es justo lo que posibilita cualquier tipo de aprendizaje, lo que nos permite modificar patrones de comportamiento y reacciones automáticas.

Así que cuando decimos que la educación que hemos recibido y las experiencias tempranas condicionan buena parte de nuestro comportamiento en la actualidad, en realidad nos están dando una buena noticia. Porque ahora sabemos que ese proceso continúa. Podemos seguir educándonos y eligiendo experiencias que seguirán transformándonos, también como deportistas, entrenadores, líderes,…

Aprovecho además para dejaros el enlace a una infografía facilitada por Oliver Clark, de Rehab Recovery, que explica brevemente qué es mindfulness, cómo funciona, y algunos de los beneficios que reporta su práctica:

Mindfulness for Recovery – An infographic that aims to raise awareness about how mindfulness aids addiction recovery.

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