29 enero, 2016

Preparados… Ya!

Recuerdo con cariño la ilusión que tenía por poder estudiar algo que me gustaba, y que además suponía un reto importante para mi, por la dificultad que le presuponía y el esfuerzo que requeriría, no solo por mi parte. Gracias a ello, aunque quizás no de la mejor forma que cabía esperar, también iba a tener la oportunidad de dedicarme profesionalmente precisamente a lo que tanto me había llamado la atención desde niño.

Después de unos cuantos años de intenso disfrute y aprendizaje, me fui topando con las dificultades de un entorno en el que empezaba a sentir que había algo que no cuadraba. Empecé a ver cada vez más cosas que, simplemente, “no me gustaban”, pero no acababa de entender lo que pasaba. Hubo momentos en los que pensé que el problema estaba en mi mismo, y que por esa razón era yo el que tenía que tratar de hacer algo. Y lo hice. Pero nada parecía servir para mejorar la situación.

Fue bastante después cuando me di cuenta de que efectivamente, el problema estaba en mí, pero no era tan sencillo como dejar de hacer unas cosas y ponerme a hacer otras. Parecía más un problema de valores. A cada paso que iba dando me encontraba con un conflicto entre lo que para mi era importante y lo que supuestamente se esperaba de mi. Por eso me costaba tanto.

Y al final, acabé siendo verdaderamente consciente de algo que ya intuía. El deporte, o más bien, lo que el deporte me había enseñado (quizás tampoco de la mejor forma), y lo que seguía aprendiendo gracias a él, tenían mucha más importancia para mí de lo que pensaba. Hasta el punto de que los valores en los que había crecido, gracias al deporte (y a mi familia), entraban en conflicto con muchos de los valores que parecían imperar, cada vez más, en mi entorno laboral. Y no me sentía bien.

De hecho, yo no era el único, ni mucho menos, que sentía algo parecido. Pero yo tenía suerte. Yo siempre tuve al deporte de mi lado. Incluso con lesiones y momentos de frustración, el deporte era para mi un mundo a parte, en el que podía sumergirme, y gracias a él, era capaz de olvidarme por completo de todo lo demás. A pesar de que, como digo, en ese otro mundo también había y hay conflictos y problemas que resolver, sentía que lo que hacía podía adquirir un sentido en el que los valores en los que creo pudieran verse representados. Y podía seguir creciendo.

Y por eso acabé aquí. Porque creo que puedo seguir aportando cosas. Porque el deporte me ha dado siempre, y me sigue dando, incontables oportunidades de aprender. Y porque creo también que lo que aprendí, en todo este tiempo de estudio, exploración y experiencias, también puede serle útil a gente como tú.

“Ojalá hubiera sabido lo que sé ahora”, solemos decir los que tenemos cierta edad. Pero el caso es que ya no nos toca, por lo menos directamente, como deportistas de alto nivel. Ahora os toca a vosotros. Ahora te toca a ti.

Me encantaría acompañarte. Deseo que encuentres la manera de sacar lo mejor de ti mismo, o de tu equipo. Deseo que todos encuentren la manera de dar lo mejor de si mismos, en lugar de seguir enredados en hábitos y reacciones que no nos conducen a lo que de verdad nos gustaría. Lamentablemente, no puedo ayudar a todo el mundo. Pero quizás a ti sí.

¿¡Por qué no!? ¿¡Por qué no ahora!? ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿¡Qué es lo mejor que podría pasar!?

READY… GO!

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